Verdades

Cantan verdades a veces
los borrachos
los niños
el barquero —tal dicen—
las paredes —al menos
las menos vigiladas—
los mirlos
los suicidas
y pare Vd. de contar
si es que no quiere mentir
don Pero Grullo

Natura

Natura no comprende el calendario
Tanto le da al tulipán que sea martes
Así que a ver cómo le explico yo al gorgojo
Por qué el sábado es día menos triste

Política de cookies

Este microrrelato utiliza cookies propias y de terceros para mejorar su experiencia literaria. Si continúa leyendo consideraremos que acepta su uso. Puede Vd. cambiar la configuración de su navegador, si bien este microrrelato ya ha finalizado.

El último microrrelato

Considerando el exiguo máximo de palabras que un microrrelato puede contener, incluso según las tesis más generosas en cuanto a su extensión, cabe postular que la cifra total de microrrelatos posibles es, si bien ingente, finita. Es decir, cada nueva microficción mengua ese inmenso monto de narraciones mínimas aún por escribir. El asunto puede parecer trivial, mera conjetura. Ahora bien, el tropel de escritores de microrrelatos crece a ojos vista. Ya son horda que infesta las redes sociales y ha iniciado el asalto a las librerías. De mantenerse esta preocupante progresión pronto nuestra conjetura adquirirá tintes de evidencia; y no resulta difícil pronosticar el futuro del género. Rebasado un punto de inflexión indeterminado la sobreabundancia en apariencia inacabable a la que asistimos hoy se tornará creciente escasez. Agravará la coyuntura el hecho de que la proporción de microrrelatos de calidad, de aquilatado fundamento literario, es, frente al total de la producción, incluso hoy día, insignificante. Esta escasez, esta carestía, necesariamente provocará la intervención de los agentes económicos. Una plétora de balbucientes emprendimientos en cruenta competencia se ocupará de reconducir la situación según las leyes de la oferta y la demanda: cada microrrelato tendrá su precio.
En este escenario, la sensación inicial para el escritor de microrrelatos será de engañosa euforia: una salida laboral a su afición, promesas de riqueza, de monetización, la poderosa reafirmación de la autoestima que supone el ver revalorizado, cuantificado, lo que uno hace. A medio plazo, sin embargo, esta reactivación del ritmo de producción sólo habrá contribuido a acelerar el agotamiento de los recursos narrativos.
Asistiremos entonces a la inevitable irrupción del crimen organizado, de las mafias, del mercado negro. No creo que sea preciso abundar en la descripción de este proceso degenerativo; sus líneas generales deberían estar claras para el lector. Llegará el tiempo en que haya escritores dispuestos a matar y morir por un microrrelato inédito. Llegará luego el tiempo en que no exista otra opción: los microrrelatos aún posibles, disponibles, se contarán por centenas. Después, por decenas. Llegará, al fin, el día en que alguno de los escritores supervivientes teclee el abominable microrrelato final que dé término al género. El último microrrelato.

Preestreno

Anoche asistí al preestreno de este microrrelato y, bueno, no sé a vosotros que lo estaréis leyendo, pero lo que es a mí, la verdad, pues tampoco me pareció para tanto, ¿no?